pandemia & erotismo II
Se ciñó sobre nosotros el peso de la luz
tenue que de a poco entraba al cuarto.
Tus ojos café y grandes
golpeaban mi existencia desde antes de lanzarme a tus brazos.
Se ha detenido el tiempo en el cuarto
y hemos quedado suspendidos sobre sábanas, la cama y al aire invisible.
Nos entregamos, en medio de la ingravidez, el uno al otro:
entre besos, miradas largas y leves roces entre nuestros cuerpos.
Uno a uno mis escudos fueron cayendo
y entre tus brazos fulminantes caía muerto.
Tu sexo húmedo y tus labios juguetones.
Tus gemidos tiernos y tus movimiento de cintura.
Morí frente a cada uno de ellos. Un disparo en el cuerpo entero.
Un descanso corto. Palabras bonitas entre vos y yo.
Confesiones de después de hacer el amor.
Aquí vamos de nuevo.
Mi deseo condensado cabalgó tus nalgas y
en medio de movimientos desconocidos
pude sentir tu interior,
hemos caído a un vacío infinito.
El placer incesante,
queremos más,
más de todo esto.
Morimos.
Tú y yo.
En una tarde.
En tu habitación grande.
Lo hice entre tus senos tan bien hechos
y entre tus labios.
Moriré una vez más,
fusilado por la ternura,
cuando vuelva a verte.
—Karther Rupnik